Sábado, Agosto 16, 2014

RESPIRO Y RECONOZCO LA PRESENCIA.

Si siento ansiedad e incertidumbre, si mi mente no se aquieta, cierro los ojos y respiro profundamente. Siento la renovación que me ofrece cada respiración. Dejo ir la tensión y mi cuerpo se serena.

Mi conciencia se expande a medida que los pensamientos improductivos y estresantes se disipan. Siento amplitud en mí. Mi mente sosegada percibe la presencia divina que había pasado por alto por haber estado llena de preocupaciones.

El aliento de vida del Espíritu vivifica y renueva mi vida. Siento gran satisfacción al percibir el potencial latente en mí. Con un cuerpo descansado y una mente serena, estoy receptivo para experimentar la presencia del Espíritu.

¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, y vivirán!—Ezequiel 37:9